domingo, 5 de agosto de 2012

Cinco palabras

Un jadeo se atascó en mi garganta. Gemí, con angustia, al tiempo que mis ojos parpadeaban repetidas veces tratando de aliviar la oscuridad que divisaban. Cuando recuperé la vista, no había cambiado mucho el panorama. La oscuridad en la que me había inmerso la noche seguía vigente allá donde miraba. Unas pocas estrellas iluminaban el cielo… Unos cuantos huesos el suelo. Retrocedí, asustada, al tiempo que trataba de levantarme. Estaba en un maldito cementerio. Los desnudos árboles habían tejido una firme telaraña sobre mi cabeza, varias lápidas dispersas sobre el suelo que pisaba impedían mis intentos de avance. No pude evitar chillar, temblorosa, a la vez que frenaba mis pasos. Me llevé las manos a la cabeza. Me dejé caer al suelo. Me acurruqué y me abracé a mí misma, tratando de no oír los latidos que profesaba mi agitado corazón. Y rompí a llorar. Mis jadeos rompieron el escalofriante y sinsentido silencio de la oscura noche, al tiempo que su ejército de sombras se cernía sobre mí. Caí, exhausta. Lo siguiente que recuerdo haber sentido fue un roce en los labios. Desperté, azorada, con el rostro húmedo. Besando la almohada. El frío de la noche había dado lugar al cálido candor de la mañana, que se filtraba por mi ventana. Me arrebujé en las sábanas, tratando de recuperar los hilos del irreal sueño que el sol había cortado.

Tormenta

La lluvia lagrimeaba sobre mi rostro. El agua se deslizaba hasta mi barbilla, para después iniciar un salto mortal al vacío. Mi mirada estaba perdida en un cielo de nubes fúnebres que no prometían más que tormenta… tormentos. Más, y más tormentos. Mi corazón en un puño, sintiendo una incertidumbre propia de alguien que no sabía su propio devenir. Alguien que se sentía como aquellas gotas que caían al vacío, con la seguridad de que tarde o temprano terminarían chocando hasta desparecer olvidadas en un charco compuesto por sus hermanas. Alguien más. No alguien apreciable, sino de características iguales a sus semejantes. Sólo… Sólo alguien más.

domingo, 29 de abril de 2012

Réalités

J´ai regardé l´image un fois plus. L´herbe se mouvait au rythme du vent. Je suis allée et j´ai posé ma main sur la toile. J´ai fermé mes yeux. Je pourrais sentir la douce brise. Une minute. Je pourrais sentir la douce brise. J´ai ouvert mes yeux et je ne pouvais pas éviter de me surprende. J´étais sous l´ombre d´un saule, assis ntre ses vacines. Une rivière passait à son côte. En dépit de ne pas savoir ce qui était passé, je n´avait pas peur. J´avait l´intention de demeurer dans le pré jusqu´à que je me réveillais... Si je le faisais. Comme je me sentais fatiguée, j´ai fermé mes yeux et je me suis tombée contre le tronc de l´arbre. Les ombres se sont apparus autour de moi. Je voulait me réveiller, puisque j´ai ouvert mes yeux. J´étais en face de la fenêtre d´une boutique. Ma réflexion m´a retourné le regard. J´ai tendu ma main avec le but de la toucher. Lorsque mes doigts ont caressé le cristal, je me suis fussionée avec mon alter ego. J´ai crié. Alors, j´ai realisé que j´étais enfermée dans une prison de cristal. Quelle était la situation réelle??

domingo, 1 de abril de 2012

Aspiraciones racionales

Ziek gruñó, tensando por enésima vez sus antes poderosos brazos, intentando romper las gruesas cadenas que le anclaban a la pared, exhausto.
Una pequeña ventana situada a su espalda y por encima de su cabeza, filtraba tímidamente débiles haces de luz lunar. De vez en cuando, alguna ignorante sombra se vislumbraba en la pared opuesta a la que él se encontraba.
Sombras que él no conocía y se moría por perfilar.
Literalmente.
Su vacío estómago rugió a modo de protesta por los pocos cuidados que recibía últimamente. Llevaba sin alimentarse... ¿días? Quizá semanas. El tiempo pasaba lenta e inexorablemente, y cada minuto le acercaba más a la muerte. A pesar de que para él, castigado y enjaulado como estaba, la diferencia entre aquel suplicio y la vida era ínfima.
No le había estado permitido el conocimiento que tanto ansiaba y le estaba vedado, y al recibirlo esa acción también había conllevado consecuencias: había recibido una acusación de traición contra sus iguales.
Su castigo consistía en permanecer atrapado entre la luz del conocimiento que él deseaba y la oscuridad de la mentira que le atormentaba... y seguiría haciéndolo, pues no lograría romper los eslabones que le ataban a la artificial realidad que vivía.
Gimió, defraudado tanto con los temores que le gobernaban como consigo mismo, por ansiar algo que jamás le sería permitido poseer.
¿Conocimiento?
Aquello equivaldría a su libertad y la verdad que no encontraba.
Ziek sufría física y mentalmente por lograr ese oscuro objetivo. Siete latigazos eran la prueba tangible de ello. Miles de ignorantes y leales rostros insatisfechos bajo su punto de vista podían confirmarlo.
Y había una persona, una única entidad, por la que seguía con vida y por la que, sin duda, moriría.
Ziek se estremeció sin poder evitarlo. La sangre ardía en sus venas, su débil corazón comenzó a bombear con fuerza. Durante su patética existencia, había vivido en un mundo de mentiras, herejía y traición. Un mundo en el cual la mente dominada era leal. Cabía esperar, sin embargo. El poder se abastecía de esas ingenuas almas. La paz no se seguía, y la justicia se buscaba. Y si no se encontraba, sólo habría de esperarse la paz de los cementerios.
Ziek no temía dormir, soñar y no volver a despertar.
Al fin y al cabo, estaba condenado a muerte.
Quizá sus expectativas no tardaran en cumplirse.
Siguiendo el hilo de sus pensamientos, una de las pocas sombras cuyo rostro conocía se apareció frente a sus cansados ojos. La única verdad que Ziek conocía caminó hacia él, con suavidad y una infinita parsimonia.
Lo bueno se hacía esperar.
Cuando la mujer le alcanzó, se arrodilló frente a él y le sostuvo con sumo cuidado entre sus brazos.
Había acudido en su rescate.
- Libertad- proclamó en su oído, susurrando quedamente.
Ziek desvió la mirada hasta posarla en ella. La criatura más hermosa que jamás hubiera contemplado le devolvió una compasiva y profunda mirada.
- Por favor...
Ella sonrió, con tristeza, y lo acunó entre sus brazos. Acercó sus labios hasta rozar los de él con suavidad.
Su sentencia estaba firmada.
Antes de separarse por completo, una afilada daga atravesó sin dificultad alguna el maltrecho corazón de su víctima, que jadeó, agradecido, contra su boca.
La reina de las aspiraciones racionales no satisfechas salió de la celda, cubierta de sangre, dispuesta a dar caza a más rebeldes, más presas.

domingo, 25 de marzo de 2012

Lágrimas fúnebres

Sangre.
La nieve que antaño yo comparaba con el más puro de los blancos, en ese momento se encontraba contaminada del carmesí y espeso plasma que manaba de las heridas del cuerpo que yacía a mis pies. Su rostro ya no se adivinaba. Mis hábiles manos y mi mortífero arma lo habían desfigurado.
Mis jadeos se transformaron en sollozos y lamentos. Pequeñas nubes de vapor escapaban de mis labios al ritmo de mi entrecortada respiración. El frío que transmitía el paisaje que me rodeaba caló en mis huesos. Me estremecí. La realidad me abrumaba de tal modo que creí volverme loca. Cerré los ojos, respiré profundamente.
El aire helado cortó mi garganta y congeló mis lágrimas antes de que éstas fueran capaces de atreverse a salir de mis ojos, reteniéndolas allí. Entumecida, intenté pensar con claridad. Pasé mis agrietadas e insensibles manos por mi cara, deshaciéndome de mis temores y dudas, y del hielo que se había adherido a mi rostro y juntaba mis pestañas. Parpadeé repetidamente, con la decisión asomando en mi opaca mirada.
Tumba.
Debía cavar una tumba.

viernes, 23 de marzo de 2012

Victoria

Las olas se aburrían en el mar.
Caminé con los pies descalzos sobre la suave arena, pensando. Cavilando. Reflexionando.
En la vida había que elegir: derecha o izquierda, diestra o siniestra. Los caminos se bifurcaban, la suerte se agotaba, el azar triunfaba. La realidad se confundía con una ficción deformada a nuestro parecer, simplificada de forma que nuestro limitado conocimiento lograra entenderla. Engañamos a las mentiras, transformamos y corrompemos las verdades. Las omitimos con el fin de ocultar información; de convertirnos, no en lo que somos, sino en lo que deseamos ser.
Mi mente jugueteó con esa última idea.
Qué deseaba ser.
Alcancé la orilla y permití al agua salada lamer mis heridas. El pánico hacia los oscuros recovecos de un futuro incierto remitió. El dolor del desalentador pasado cicatrizó.
Soy quien soy.
Podía tener mil rostros y nombres, mil identidades, y seguir siendo, simplemente, yo.

domingo, 5 de febrero de 2012

Tentación

EL sol entretejía con sus rayos de luz numerosas sombras que se alzaban desde los frondosos árboles frutales.
Evie corría descalza sobre las mullidas y suaves olas esmeralda. Sus vaporosas ropas y su fino cabello ondeaban al compás del viento, acariciando su delicado cuerpo. Sorteó con gracia todos y cada uno de los árboles que se interponían entre ella y su destino, buscando uno en particular. Avanzó hasta encontrarlo y se paró ante sus raíces. Un imponente y majestuoso manzano se erguía orgulloso en el lugar indicado, señalando el horizonte entre la tierra que le alimentaba y el cielo hacia el cual se desperezaba.
La muchacha se situó a su vera y, entre cautelosa e indecisa, dio un rodeo apoyándose en la tosca madera de su tronco.
Preciosas manzanas carmesí se exhibían sobre ella, expectantes. Las ignoró, desviando su atención hacia un solitario y maduro fruto rojo sangre que descansaba sobre el suelo, ofreciéndose en contraste con la verde hierba.
Tantas historias, tantos mitos y leyendas. Tantos miedos sin fundamento.
Evie se agachó a recoger aquel atrayente alimento prohibido.
Sus finos dedos no habían tocado aún su superficie cuando una escurridiza, rápida y letal serpiente atacó, devolviéndola bruscamente al Paraíso.

Viuda Negra

Myhn se acercó al hombre, con un sutil pero tentador movimiento de caderas. Él se limitó a observar su avance con una mirada lasciva. La muchacha alzó uno de sus delicados dedos al alcanzarle y le dibujó un perezoso corazón en el pecho. El hombre se estremeció de deseo.
- Dime lo que sabes hacer- ronroneó ella, traviesa.
- Yo… Sé utilizar la lengua para más que articular simples palabras, preciosa- respondió él, jadeante.
Myhn arremetió contra él, pegándose a su cuerpo, acercando su boca al oído del hombre.
- Demuéstramelo- susurró, provocándole.
No tuvo que repetirlo dos veces. Él se arrodilló, sumiso ante ella, levantó los pliegues de su ostentosa falda y se perdió entre ellos. Ella sostuvo su cabeza, posesiva, contra ella. Jadeó. Una sola vez. Después, con un repentino movimiento, giró bruscamente hacia un lado la cabeza que sujetaba a través de modestas cantidades tela. Un escalofriante y desafiante chasquido rompió el silencio que había impuesto la fúnebre noche.
La viuda negra, satisfecha, se separó de su presa al tiempo que se deshacía de su falda, dejando caer ambas al suelo, enterrando el caliente cadáver del hombre entre los pliegues de la tela.
Buenas noches.

Retenida

Keiry miró hacia la puerta, luego hacia el teléfono. Un hombre ocupaba el espacio existente entre ambas cosas. Imposible llegar a ninguna antes que él.
- Déjeme marchar- ordenó, intentando evitar que le temblara la voz. No lo consiguió.
Su captor la observó, incrédulo. Soltó una carcajada burlona que se extinguió repentinamente al observar el mohín que le dedicaba la chica, completamente serio. Pensativo, dejó volar su mirada al aparato.
- Puedes llamar a alguien para que te venga a buscar – aceptó finalmente. Se acercó al teléfono, lo descolgó y se lo tendió, expectante.
Keiry le devolvió la mirada en silencio, atónita, sin creerse que el hombre que la retenía le diera la llave de su libertad con aquel gesto. Desconfiada, se le acercó lentamente, midiendo cada paso que daba. Él aún le ofrecía el teléfono. Lo cogió, temblorosa, y se atrevió a apartar los ojos de él tan sólo el tiempo suficiente para marcar los números correctamente a la primera vez. Rezó por que respondieran al otro lado. La respuesta esperada fue inmediata.
- Policía.
- Me llamo Keiry Osher, quisiera denunciar un secuestro- recitó, sin apartar los ojos del hombre. Éste la observaba inquietantemente tranquilo.
- ¿Quién ha sido el desafortunado?
- Yo.
- ¿Usted?- se produjo una muda pausa de incredulidad al otro lado de la línea.
- La misma- confirmó ella-. ¿Pueden ayudarme?
- Por supuesto. ¿Sabe dónde se encuentra? ¿Quién la retiene en contra de su voluntad?
Las piezas del puzle encajaron bruscamente. Keiry miró al hombre, entendiendo repentinamente la razón de que le hubiera permitido realizar una llamada sin sentido. No lograría escapar con vida de allí. No tenía ni tendría información de dónde se encontraba o quién era su misterioso captor, cuyos ojos reflejaban ya la inminente victoria.
- Gracias por su escasa e insuficiente ayuda, pero no creo que vaya a ser necesaria más- suspiró, frustrada, rindiéndose ante lo inevitable.
Colgó el artefacto antes de recibir respuesta alguna. El vencedor sonrió macabramente ante su reciente sumisa.

Perseguida

La seguían.
Liane aceleró el paso y dobló una esquina, adentrándose en un oscuro callejón.
La esperaban.
Recibió un golpe desde las sombras que logró desorientarla momentáneamente. Tiraron de ella hacia el interior de la estrecha calle, aprovechando su debilidad, y la amarraron al suelo con un par de poderosos brazos. Inmovilizada contra el pavimento, intentó gritar, aterrada, lo que no hizo sino incentivar a sus captores a golpearla.
Más arriba, en el tejado de ese mismo edificio, dos inmóviles observadores admiraban los vanos intentos de fuga de la muchacha.
- ¿No deberíamos ayudarla?-inquirió una de las sombras a su compañera.
- Primero hay que cerciorarse de que valga la pena- comentó el otro con un encogimiento de hombros, indiferente.
Uno de los tres hombres que acompañaban abajo a la chica la sujetó con toda la intención de forzarla. Liane no lo permitiría. Se revolvió, mordió, arañó todo cuanto se encontraba a su alcance. Uno de los hombres se las ingenió para meter la cabeza entre sus piernas. La chica chilló, moviéndose rápidamente. Rodeó con las piernas el cuello de su atacante, presionó y, con un brusco movimiento de caderas, logró romperlo.
Entre los compañeros del muerto cundió la alarma. Entre los oscuros salvadores de la chica, la satisfacción.