La seguían.
Liane aceleró el paso y dobló una esquina, adentrándose en un oscuro callejón.
La esperaban.
Recibió un golpe desde las sombras que logró desorientarla momentáneamente. Tiraron de ella hacia el interior de la estrecha calle, aprovechando su debilidad, y la amarraron al suelo con un par de poderosos brazos. Inmovilizada contra el pavimento, intentó gritar, aterrada, lo que no hizo sino incentivar a sus captores a golpearla.
Más arriba, en el tejado de ese mismo edificio, dos inmóviles observadores admiraban los vanos intentos de fuga de la muchacha.
- ¿No deberíamos ayudarla?-inquirió una de las sombras a su compañera.
- Primero hay que cerciorarse de que valga la pena- comentó el otro con un encogimiento de hombros, indiferente.
Uno de los tres hombres que acompañaban abajo a la chica la sujetó con toda la intención de forzarla. Liane no lo permitiría. Se revolvió, mordió, arañó todo cuanto se encontraba a su alcance. Uno de los hombres se las ingenió para meter la cabeza entre sus piernas. La chica chilló, moviéndose rápidamente. Rodeó con las piernas el cuello de su atacante, presionó y, con un brusco movimiento de caderas, logró romperlo.
Entre los compañeros del muerto cundió la alarma. Entre los oscuros salvadores de la chica, la satisfacción.
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