domingo, 5 de agosto de 2012
Cinco palabras
Un jadeo se atascó en mi garganta. Gemí, con angustia, al tiempo que mis ojos parpadeaban repetidas veces tratando de aliviar la oscuridad que divisaban. Cuando recuperé la vista, no había cambiado mucho el panorama. La oscuridad en la que me había inmerso la noche seguía vigente allá donde miraba. Unas pocas estrellas iluminaban el cielo… Unos cuantos huesos el suelo. Retrocedí, asustada, al tiempo que trataba de levantarme.
Estaba en un maldito cementerio.
Los desnudos árboles habían tejido una firme telaraña sobre mi cabeza, varias lápidas dispersas sobre el suelo que pisaba impedían mis intentos de avance.
No pude evitar chillar, temblorosa, a la vez que frenaba mis pasos. Me llevé las manos a la cabeza. Me dejé caer al suelo. Me acurruqué y me abracé a mí misma, tratando de no oír los latidos que profesaba mi agitado corazón.
Y rompí a llorar.
Mis jadeos rompieron el escalofriante y sinsentido silencio de la oscura noche, al tiempo que su ejército de sombras se cernía sobre mí.
Caí, exhausta.
Lo siguiente que recuerdo haber sentido fue un roce en los labios. Desperté, azorada, con el rostro húmedo. Besando la almohada. El frío de la noche había dado lugar al cálido candor de la mañana, que se filtraba por mi ventana. Me arrebujé en las sábanas, tratando de recuperar los hilos del irreal sueño que el sol había cortado.
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