domingo, 25 de marzo de 2012

Lágrimas fúnebres

Sangre.
La nieve que antaño yo comparaba con el más puro de los blancos, en ese momento se encontraba contaminada del carmesí y espeso plasma que manaba de las heridas del cuerpo que yacía a mis pies. Su rostro ya no se adivinaba. Mis hábiles manos y mi mortífero arma lo habían desfigurado.
Mis jadeos se transformaron en sollozos y lamentos. Pequeñas nubes de vapor escapaban de mis labios al ritmo de mi entrecortada respiración. El frío que transmitía el paisaje que me rodeaba caló en mis huesos. Me estremecí. La realidad me abrumaba de tal modo que creí volverme loca. Cerré los ojos, respiré profundamente.
El aire helado cortó mi garganta y congeló mis lágrimas antes de que éstas fueran capaces de atreverse a salir de mis ojos, reteniéndolas allí. Entumecida, intenté pensar con claridad. Pasé mis agrietadas e insensibles manos por mi cara, deshaciéndome de mis temores y dudas, y del hielo que se había adherido a mi rostro y juntaba mis pestañas. Parpadeé repetidamente, con la decisión asomando en mi opaca mirada.
Tumba.
Debía cavar una tumba.

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