domingo, 5 de febrero de 2012

Tentación

EL sol entretejía con sus rayos de luz numerosas sombras que se alzaban desde los frondosos árboles frutales.
Evie corría descalza sobre las mullidas y suaves olas esmeralda. Sus vaporosas ropas y su fino cabello ondeaban al compás del viento, acariciando su delicado cuerpo. Sorteó con gracia todos y cada uno de los árboles que se interponían entre ella y su destino, buscando uno en particular. Avanzó hasta encontrarlo y se paró ante sus raíces. Un imponente y majestuoso manzano se erguía orgulloso en el lugar indicado, señalando el horizonte entre la tierra que le alimentaba y el cielo hacia el cual se desperezaba.
La muchacha se situó a su vera y, entre cautelosa e indecisa, dio un rodeo apoyándose en la tosca madera de su tronco.
Preciosas manzanas carmesí se exhibían sobre ella, expectantes. Las ignoró, desviando su atención hacia un solitario y maduro fruto rojo sangre que descansaba sobre el suelo, ofreciéndose en contraste con la verde hierba.
Tantas historias, tantos mitos y leyendas. Tantos miedos sin fundamento.
Evie se agachó a recoger aquel atrayente alimento prohibido.
Sus finos dedos no habían tocado aún su superficie cuando una escurridiza, rápida y letal serpiente atacó, devolviéndola bruscamente al Paraíso.

Viuda Negra

Myhn se acercó al hombre, con un sutil pero tentador movimiento de caderas. Él se limitó a observar su avance con una mirada lasciva. La muchacha alzó uno de sus delicados dedos al alcanzarle y le dibujó un perezoso corazón en el pecho. El hombre se estremeció de deseo.
- Dime lo que sabes hacer- ronroneó ella, traviesa.
- Yo… Sé utilizar la lengua para más que articular simples palabras, preciosa- respondió él, jadeante.
Myhn arremetió contra él, pegándose a su cuerpo, acercando su boca al oído del hombre.
- Demuéstramelo- susurró, provocándole.
No tuvo que repetirlo dos veces. Él se arrodilló, sumiso ante ella, levantó los pliegues de su ostentosa falda y se perdió entre ellos. Ella sostuvo su cabeza, posesiva, contra ella. Jadeó. Una sola vez. Después, con un repentino movimiento, giró bruscamente hacia un lado la cabeza que sujetaba a través de modestas cantidades tela. Un escalofriante y desafiante chasquido rompió el silencio que había impuesto la fúnebre noche.
La viuda negra, satisfecha, se separó de su presa al tiempo que se deshacía de su falda, dejando caer ambas al suelo, enterrando el caliente cadáver del hombre entre los pliegues de la tela.
Buenas noches.

Retenida

Keiry miró hacia la puerta, luego hacia el teléfono. Un hombre ocupaba el espacio existente entre ambas cosas. Imposible llegar a ninguna antes que él.
- Déjeme marchar- ordenó, intentando evitar que le temblara la voz. No lo consiguió.
Su captor la observó, incrédulo. Soltó una carcajada burlona que se extinguió repentinamente al observar el mohín que le dedicaba la chica, completamente serio. Pensativo, dejó volar su mirada al aparato.
- Puedes llamar a alguien para que te venga a buscar – aceptó finalmente. Se acercó al teléfono, lo descolgó y se lo tendió, expectante.
Keiry le devolvió la mirada en silencio, atónita, sin creerse que el hombre que la retenía le diera la llave de su libertad con aquel gesto. Desconfiada, se le acercó lentamente, midiendo cada paso que daba. Él aún le ofrecía el teléfono. Lo cogió, temblorosa, y se atrevió a apartar los ojos de él tan sólo el tiempo suficiente para marcar los números correctamente a la primera vez. Rezó por que respondieran al otro lado. La respuesta esperada fue inmediata.
- Policía.
- Me llamo Keiry Osher, quisiera denunciar un secuestro- recitó, sin apartar los ojos del hombre. Éste la observaba inquietantemente tranquilo.
- ¿Quién ha sido el desafortunado?
- Yo.
- ¿Usted?- se produjo una muda pausa de incredulidad al otro lado de la línea.
- La misma- confirmó ella-. ¿Pueden ayudarme?
- Por supuesto. ¿Sabe dónde se encuentra? ¿Quién la retiene en contra de su voluntad?
Las piezas del puzle encajaron bruscamente. Keiry miró al hombre, entendiendo repentinamente la razón de que le hubiera permitido realizar una llamada sin sentido. No lograría escapar con vida de allí. No tenía ni tendría información de dónde se encontraba o quién era su misterioso captor, cuyos ojos reflejaban ya la inminente victoria.
- Gracias por su escasa e insuficiente ayuda, pero no creo que vaya a ser necesaria más- suspiró, frustrada, rindiéndose ante lo inevitable.
Colgó el artefacto antes de recibir respuesta alguna. El vencedor sonrió macabramente ante su reciente sumisa.

Perseguida

La seguían.
Liane aceleró el paso y dobló una esquina, adentrándose en un oscuro callejón.
La esperaban.
Recibió un golpe desde las sombras que logró desorientarla momentáneamente. Tiraron de ella hacia el interior de la estrecha calle, aprovechando su debilidad, y la amarraron al suelo con un par de poderosos brazos. Inmovilizada contra el pavimento, intentó gritar, aterrada, lo que no hizo sino incentivar a sus captores a golpearla.
Más arriba, en el tejado de ese mismo edificio, dos inmóviles observadores admiraban los vanos intentos de fuga de la muchacha.
- ¿No deberíamos ayudarla?-inquirió una de las sombras a su compañera.
- Primero hay que cerciorarse de que valga la pena- comentó el otro con un encogimiento de hombros, indiferente.
Uno de los tres hombres que acompañaban abajo a la chica la sujetó con toda la intención de forzarla. Liane no lo permitiría. Se revolvió, mordió, arañó todo cuanto se encontraba a su alcance. Uno de los hombres se las ingenió para meter la cabeza entre sus piernas. La chica chilló, moviéndose rápidamente. Rodeó con las piernas el cuello de su atacante, presionó y, con un brusco movimiento de caderas, logró romperlo.
Entre los compañeros del muerto cundió la alarma. Entre los oscuros salvadores de la chica, la satisfacción.